FRONTERA CERO
Mashup realizado a partir de los siguientes “tracks”:
Frontera cero, crónica de Fabrizio Mejía Madrid
Fotos de Javier Ramírez Limón en la frontera entre Sonora y Arizona



Y ahora está parado frente a mí, moviéndose para obstaculizarme el paso, chorreando el paso de algo que parece aceite, y no, el olor no me dejaría mentir, es pura mugre. Y el tipo, con una barba de la que prenden hilos de tela o de baba, se pone frente a mí y parece decir:
-La cartera, la quiero.
Pero sé que lo que está diciendo con las otras partes de su cuerpo que no son su boca desdentada es:
-La cartera o te quiebro
Y entonces cuando me asalta la idea de lo que en estos días ha sucedido en la frontera con Estados Unidos, con los ilegales, los polleros y la espera por cruzarse. Y sé lo que significan.
Los Juanes
Todos los martes, miércoles y jueves, el avión que vuela de la ciudad de México a Hermosillo, Sonora, contiene entre sus pasajeros a los que han tomado la decisión brutal de cruzar hacia Estados Unidos por el desierto de Arizona. Son fácilmente ubicables porque llevan cajas de cartón en vez de maletas, revisan cada 10 segundos ese extraño código cifrado llamado boleto de avión y les tiemblan las manos o las rodillas, o unas y otras. Guardan diferencias de color de piel, aspecto en la ropa y de actitud: mientras los demás resoplamos por la lentitud de la fila en el aeropuerto de la ciudad de México, un muchacho moreno con una playera desgastada y zapatos tenis sin calcetines toma un papel entres sus dedos, lo abre con veneración y por enésima vez revisa su contenido. Es el original de un acta de nacimiento. Su nombre es Juan Carlos Zárate Olvera, nacido en Pozos, Guanajuato. Mientras me lo cuenta, recuerdo haber estado en su pueblo, hace unos años. Como Pozos vivía de una última mina, el día que se agotó, el pueblo se desvaneció. La población completa de Pozos se puede ver cada mañana en la fila para el autobús que los llevará a trabajar a lugares distantes. Y este hijo de Pozos ya llegó hasta el D.F. En nuestra breve charla jamás le pregunto lo que es obvio, que hoy empieza su larga despedida del país.
Entre los que viajan sin boleto de retorno está otro Juan. Su diminuta mujer, de ojos redondos, tiene la mirada del permanente asombro: parece que no tuviera párpados. Lleva en brazos a una niña, Estela, de dos meses de nacida. Su marido, Juan Antonio, con los pelos hirsutos y aparatos para la sordera en ambos oídos, decidió dejar Olinalá, Guerrero. A diferencia del otro Juan, éste es reservado y orgulloso. y con ellos adentro, el avión despega.
Una tercera parte del avión se ha puesto a rezar con las manos engarrotadas y los ojos apretados. Son las mismas personas que dieron tres vueltas antes de encontrar su número de asiento y fila, las que toman su puesto titubeantes en el extraño aparato de metal. Es su primer vuelo. Y es entonces cuanto trato de medir la audacia de los Juanes. Han viajado a la ciudad de México, ese lugar para iniciados. Se han instalado en un motel o en la calle y, luego, han ido al aeropuerto para tomar su primer avión. Ninguno de ellos contesta siquiera a la pregunto de si quieren desayunar. Las azafatas, habituadas a estos próximos ilegales, se ahorran el insistir. El pequeño país contenido en el avión es descifrable sólo porque, para los Juanes, su extranjería comienza, de cierta forma, aquí. Los demás no nos persignamos, sino que nos acomodamos como hipopótamos a la rutina.
Juan Antonio está a punto de perder el control y comienza a patear el asiento delantero. La mujer afectada, peinada con gel y con una mariposa azul como broche, lo reprende:
-¿Podrías de patearme o no entiendes el español?
Juan Antonio le sostiene la mirada y da una última patada de despedida.
El pollero
El tráfico de gente desesperada que va hacia los Estado Unidos es tan obvio, que todos los del aeropuerto en Hermosillo saben que los que se cruzarán en breve abordarán una camioneta-taxi rumbo a Nogales. Una vez ahí, nadie considera un secreto que se hospedarán en el hotel Imperial. El pollero de los Juanes se llama Jacobo y es un hombre bajo, moreno, de cabello rizado y un poco demasiado confiado. Su ropa no es muy distinta de la gente que traslada. La familia de Jacobo está dividida en tres regiones: Guerrero, la ciudad de México y California. Padres, primos, cuñados, tías, todos tienen un papel en la red. El ascenso de Jacobo como organizador del tráfico suena casi tan natural como el crecimiento de un árbol. Hace 10 años, Jacobo emigró de Guerrero a la ciudad de México para hacer dinero. Fue chofer de un taxi con sitio en la calzada de Tlalpan, pero cinco años de trabajo nocturno no cumplieron con sus sueños: un coche propio con placas legales. Así que se asoció con Gildardo, otro chofer, y compraron a plazos un Jetta. Un día, Jacobo desapareció de la ciudad con el coche. Un año después llamó a su socio:
-Estoy en California con mis primos -le dijo a Gildardo en el teléfono. Vente. Necesitamos chóferes. Allá nunca saldrás de pobre.
Con tan sólo una red mínima de parientes a ambos lados de la frontera, Jacobo logró, en menos de un año comprar un balneario den Querétaro, una casa en el Eje 6 y Periférico en el D.F. y una flotilla de camionetas.
-Cobramos 1.200 dólares por persona y hace un año yo estaba pasando hasta 30 personas diarias. Échele números.


A inicios del 2002, Jacobo tuvo dos incidentes que le hicieron replantear la forma de operar su negocio en la frontera cero. Entró con ocho personas por el ducto de drenaje que venía usando para pasar gente y, a unos metros de avance, se encontró con tipos armados almacenando paquetes de cocaína.
-¿Por qué vienes a calentar nuestro lugar? -recuerda que le reclamaron.
Al pollero y a los ilegales los tumbaron en el suelo del ducto listos para ejecutarlos, pero Jacobo planteó darles el dinero que traía consigo a cambio de las vidas. Y resultó.
El segundo incidente fue tan sólo dos semanas después, cuando, tratando de pasar por Los Mezquites, caminaban en fila india como una gallina llevando a sus crias y se toparon con la camioneta de la migra. Jacobo estuvo preso durante tres meses en una cárcel de Tucson y después fue deportado. Fue así como llegó a una nueva forma de pasar indocumentados que define así:
-Secreto de familia.
Pero no oculta su vasta red, que comienza con enganchadores, contactos con rancheros del sur de Estados Unidos, hoteles de paso para ocultar a los inmigrantes, aviones, taxis, servicios de comida con tortillas, sardinas, chiles. Y agua embotellada.
Al llegar al difícil tema de los puntos de cruce, Jacobo respinga:
-Yo no lo sé. Es cosa de mis primos. Yo me dedico ahora al comercio.
-¿Y qué vende?
-Todo lo que quepa en mi trailer.
Quien sabe Sásabe
El ideal del hombre estadounidense es el selfmade man. El tipo duro que logró que todo lo que tiene con sus manos desnudas. Es el pionero conquistando planicies o el millonario que inventó el coche familiar o las computadores en red. El selfmade man es una autocreación. Ante él, los mexicanos y latinoamericanos respondemos con el migrante, el re-made man. Es aquel que lo ha perdido todo, que se ha esforzado sin conseguir nada. Y, entonces, debe emigrar para reconstruirse, para empezar de nuevo, en otro lugar, quizás con otro nombre. Debe cambiar radicalmente para seguir vivo.

Ése es el orgullo íntimo de los migrantes que se hospedan en el hotel Imperial de Nogales, con vista panorámica a la valla metálica y oxidada de nuestra frontera cero. El Imperial, en la calle Internacional y Morelos, como muchos hoteles frente a la valla -el Olga y el Miami, subsiste porque es ahí el lugar de la espera por dos dólares la noche. En el fondo hay una lonchería sombría con sillones de vinil café donde los Juanes, entre otros, muchas mujeres, se descubren tensos y aburridos a la vez.
El lugar por el que han pagado para cruzar es la alambrada sin valla metálica a 100 metros del hotel, pero hoy los helicópteros la sobrevuelan. Cumplen con el “naranja” de la alerta antiterrorista. Existe otro punto, Sásabe, a 150 kilómetros de aquí, más seguro y más costoso. Los Juanes ya no tienen dinero. De hecho, la última parte del pago al pollero la harán familiares y amigos en California, a la entrega del ilegal, como debe de ser. Y no cruzarán este día, quizás ni siquiera esta semana, porque el partido de beisbol entre Arizona y San Diego atrae a los policías y sus alertas “máximas”.
Sásabe, por donde podrían pasar ahora si les diera el presupuesto, es una parte del desierto que crece hasta el alambre. Se extiende, caliente, a ambos lados. Camino tres pasos y ya estoy en Estados Unidos. Pero ése no es el problema. Cualquiera puede poner un pie en Estados Unidos sin ser visto. Aquí la migra o se molesta en entrar porque quien lo hace conoce un camino que le permite estar en el primer poblado en seis horas a pie. Y quien no lo conoce, jamás llegará. La migra, dicen, tiene cierta indulgencia con los reincidentes. Yo no creo que sea sólo indulgencia. Y es que este desierto es el cruce más peligroso de los últimos cinco años: más de 330 muertos.
Dudo de que los Juanes sepan estas cifras o les importen, murmurando en los asientos de la lonchería del hotel Imperial, quizás haciéndose fuertes unos a otros en su paso por el desierto. Quien sabe qué les ocurrirá. Quizás los detengan o logren llegar a la pisca de la uva. Quizás los abandone el camionero estadounidense que debe dejarlos en su rancho por cinco mil dólares a piece. Acaso los Juanes mueran en su intento por fugarse de su vida mexicana. Lo cierto es que la decisión de cruzarse no tiene retorno.
Y eso es justo lo que me cruza la mente mientras este tipo me obstaculiza el paso, sobre la calle Elías, con su pecho mugroso, las hebras en la barba y la boca desdentada:
-La cartera o te quiebro.
El tipo es lo que se conoce aquí como un “trampita”. Un “trampa” es el que llega a la frontera desde el sur húmedo brincando de mosca en los trenes de carga. El trampa lo ha visto todo: piernas mutiladas por las llantas del metal contra el riel, mordeduras de serpiente letales, polleros que te roban y te dejan a tu suerte. La diferencia entre el trampa y el trampita es que este último jamás logró cruzar. Se qudó en Nogales y vive de una mezcla entre caridad y robo. La gente dice que lo que volvió locos a los trampitas fue el sol del desierto, al que no están acostumbrados, ellos que venían de la selva.
Y este trampita, que supone que puede asaltarme sin arma alguna -tiene un ladrillo en la mano, es el que me hace pensar en que, quizás, los cuerdos son lo que se han ido. Que los locos somos lo que nos hemos ido quedando. Sabe.



CENTURY 21
Mashup realizado a partir de los siguientes “tracks”:
A puertas de casa, artículo de María Elena Fernández publicado en Los Angeles Times en el que narra el recorrido de las puertas de garaje de California que acaban convertidas en paredes de casa en los nuevos asentamientos de migrantes de Tijuana.
Century 21, intervención del artista Marcos Ramirez ERRE para InSITE 94. El artista contruyó una casa característica de las zonas marginadas en la nueva zona comercial y de negocios denominada Zona Río de Tijuana -colocándola al lado del Centro Cultural Tijuana. El edifició se levantó en una zona en la que residían, en casas como estas, una densa población desprotegida que fue desalojada con el pretexto de una inundación que arrasó sus hogares. La obra se convirtió en un recordatorio del oscuro pasado de Tijuana.
Tijuana comprimida y Outdoor, proyectos de la fotógrafa Ingrid Hernández.
Nueva Tijuana: Ejido Maclovio Rojas, Colonia Terrazas del Valle y Villa Fontana, fotografías de Jota Izquierdo.
InSITE 94, catálogo de la exposición.

A PUERTAS DE CASA
Federico Fregoso y su esposa, Guadalupe Valdovinos, nunca habían vivido mejor. Por primera vez en su vida, Valdovinos puede cocinar frijoles en una cocina de gas y ver telenovelas en un pequeño televisor en blanco y negro. Su esposo puede presumir de tener una casa, que él mismo construyó en lo alto de una colina, con vistas panorámicas de las doradas montañas a lo lejos. Cada día, los dos rezan en agradecimiento a un altar encima de su cama, donde un retrato de la Virgen de Guadalupe cuelga al lado de una cruz y un rosario. Están agradecidos por todas sus bendiciones, pero sobre todo agradecen a Dios por sus cuatro paredes. O siete puertas, según el lado de la frontera donde vivas. Cientos de pequeñas casas como la suya, hechas puertas de madera desechadas por los dueños de casas del sur de California, han ido apareciendo los últimos años sobre una zona de colinas sin árboles del desierto al borde este de Tijuana. Transportadas a través de la frontera por intermediarios emprendedores, las puertas son la materia prima con que algunos “ocupas”, liderados por mujeres han transformado un asentamiento de cajas de cartón en una pequeña ciudad conocida como Maclovio Rojas.
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Ante la oposición de oficiales del gobierno y poderosos dueños de fábricas del extranjero que reclaman la propiedad del terreno, han construido casas, mercados, iglesias y escuelas, todo a partir de puertas de garaje. Cuarenta puertas se transformaron en un centro cultural que cuenta con un conmovedor mural representando la vida de una puerta de garaje en su trayecto de California a México. La historia de Maclovio Rojas, sin embargo, es más que un cuento de persistencia e innovación. Es una clara muestra, según los observadores, de las dramáticas diferencias económicas entre el sur de California y Tijuana. “La idea de quitar una vieja puerta de madera y reemplazarla por una de aluminio es típica de California”, dice Michael Schnorr, profesor de arte en el San Diego County Community College, quien ayudó a construir el centro cultural y da clases gratuitas en él. “Pero para los mexicanos, construir una casa hecha de puertas de garaje es como construir un palacio del Renacimiento en mármol. Dice mucho de los excesos norteamericanos y de las más básicas y no conseguidas necesidades de nuestros vecinos del sur”. Fregoso, para empezar, es bien consciente de que su casa de una sala no impresionaría a los californianos del sur que se desprendieron de los materiales con que está realizada. “Todos sabemos que es un hogar modesto”, dice Fregoso. “No ofrece demasiado en cuanto a seguridad, y es muy calurosa cuando hace calor, y fría cuando hace frío. Pero es maravilloso porque… por acá, nos sentimos ricos si podemos comprar una puerta y construir una habitación”.
La demanda de puertas se extiende
Maclovio Rojas puede ser la mayor comunidad enteramente construida con puertas de garaje, pero casas construidas a partir de materiales desechados por estadounidenses pueden verse en toda Baja California. La mayoría se encuentran en las colonias a lo largo del extremo oriente de Tijuana, pero la demanda de puertas usadas se extiende ahora hacia el sur hasta Rosario y hacia el este a lo largo de la frontera estadounidense hacia la ciudades de Tecate y Mexicali. Los líderes de Maclovio Rojas fueron los primeros en reconocer el potencial de una puerta de madera desechada, dijo Schnorr. El asentamiento, o poblado ilegal ha crecido de manera impresionante desde 1988 alcanzando una población de 10.000 personas en 600 acres. “Somos pobres pero trabajadores”, dice Hortensia Hernández Mendoza, una de los fundadores del poblado. “Sabemos que estamos viviendo de los desechos de Estados Unidos, pero al mismo tiempo, estas son casas robustas y que nos podemos permitir, y son más bonitas que las casas a las que estamos acostumbrados”.
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Los Mendoza y otras 44 familias que se han asentado en Maclovio Rojas eran trabajadores agrícolas de Oaxaca atraídos por la economía creciente de Tijuana. El nombre del poblado es el de un indio Mixtec, organizador laboral que murió arrollado los 24 años por un conductor que se dio la fuga, que muchos creen fue pagado por un terrateniente. Cuando Rojas murió sus seguidores emigraron del interior de las colinas mexicanas a las colinas y riscos al borde de Tijuana. Estos primeros pobladores hicieron sus casas con lo que pudieron encontrar en el terreno de las colinas polvorientas al este de Tijuana donde la ciudad crecía más rápidamente. Al principio construyeron sus casas de cartón y recortes de madera, plásticos impermeables y neumáticos desechados. “Fue bastante duro acampar aquí el primer año, con la gente durmiendo en tierra envueltos en plásticos y cogiendo culebras para desayunar”, dijo Schnorr. Entonces comenzaron a llegar las puertas de garaje por camiones, aparentemente materializándose de la nada. Los empresarios mexicanos que las recogen, llegando hasta San José, las venden entre 18 $ y 30$, dependiendo de la competencia. “No sé quien construyó la primera casa”, dijo Schnorr. “Pero no tardó mucho en implantarse. Trabajas un poco, tu mujer trabaja un poco. Verter el hormigón para los cimientos en un asunto comunal, y casi antes de darte cuenta, ya tienes cuatro paredes, y cuatro paredes hacen una casa”. Sin embargo, no era suficiente tener paredes. Los pobladores necesitaban agua, electricidad y otros servicios que el gobierno no estaba dispuesto a suministrar a la comunidad ilegal.
Improvisar, una vez más
Hoy una red de cables eléctricos se cruzan sobre las calles polvorientas y suministran electricidad ilegalmente a cientos de hogares. Cuando el gobierno mexicano construyó un acueducto en la fábrica Samsung, los fontaneros de la comunidad instalaron grifos y desarrollaron una red de mangueras que llevan agua robada a muchos hogares en la comunidad. Y Mendoza –conocido cariñósamente como “El Comandante” en el poblado, formó un comité que exige una “donación” de cualquier familia que quiera el derecho de construir un hogar de puertas de garaje en la comunidad. El dinero se usa para mejoras comunitarias como el centro cultural. Los residentes escogieron la zona sin ninguna razón particular. “Nos asentamos aquí y tomamos propiedad de estas tierras”, dice Lidia Labana, cuya casa de puertas de garaje está en la calle Hortensia Hernández, cerca de la entrada principal a Maclovio Rojas. “Pero permanecemos por necesidad”, dice ella. “Ahora, esto es nuestro hogar, nuestra comunidad”. Sin embargo, desde una perspectiva internacional, Maclovio Rojas, situado entre la planta de producción y el parque de almacenamiento de la fábrica Hyundai está impidiendo el progreso. Desde que se firmó en 1994 el Acuerdo de Libre Comercio Norteamericano, parques industriales han surgido en los pueblos mexicanos a lo largo de la frontera. Aprovechando los bajos salarios y las relajadas políticas laborales mexicanas, las compañías ofrecen a los trabajadores menos que 1$ la hora para ensamblar elementos electrónicos, hacer muebles o soldar contenedores de carga. “Han invadido tierras que no son suyas”, dijo Raúl Ramos Popoca, un funcionario del gobierno de Baja California. “Es el gobierno federal quien tiene que decidir si se pueden quedar. Hasta entonces, nosotros como estado, no podemos suministrarles servicios a ese área. Pienso que debe ser muy difícil vivir en esas condiciones, en casas construidas de manera tan precaria. Pero la mayoría de esa gente viene del sur de México donde las condiciones de vida son deplorables”.
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Con los hombres de Maclovio Rojas trabajando de 10 a 12 horas diarias en las maquiladoras de Hyundai, Samsung y Mueblex, el liderazgo de la comunidad queda en manos de Mendoza y una red de mujeres que han decidido hacer de su pueblo primitivo una ciudad. Su misión ha sido doble: forzar al gobierno federal a reconocer Maclovio Rojas como una colonia oficial y evitar que las compañías extranjeras hagan del poblado un parque industrial. A este fin, hay mujeres capitanes de bloque, encargadas de mantener el orden; pregoneros que utilizan altavoces para alertar al poblado de la llegada de vehículos policiales y hasta ancianas que interrumpen el tráfico en la Autopista 2. Una vez, en 1998, el gobierno federal movilizó una fuerza de 200 policías y soldados para deshauciar a 60 familias cuyos hogares impedían directamente la expansión programada de las maquiladoras. Fracasó cuando las mujeres y los niños armados con palos y piedras mantuvieron a la policía alejada y utilizaron sus enseres para interrumpir el paso de la autopista durante cuatro horas. “Hay una broma en Maclovio Rojas que dice que no solo los hombres llevan pantalones”, dijo Schnorr.
Una de las pocas con teléfono
Labana es una de las capitanas de bloque y una de los pocos residentes
que tienen un teléfono. Su cometido es el de recibir llamadas y hacer llegar
los mensajes a sus vecinos.
Costurera de toda la vida, Labana se gana la vida cosiendo todo
desde uniformes de colegio a vestidos de fiesta.
Su cuarto de costura está lleno de detalles personales: cestos de
mimbre cuelgan del techo, fotos enmarcadas de sus nietos sobre las
estanterías y posters de palomas y flores de primavera enmascaran las
manchas de las puertas de garaje de madera. Su máquina de coser está
junto la ventana para que pueda trabajar al calor del sol.
La casa de tres habitaciones que Labana comparte con sus dos hijos
menores está meticulosamente ordenada. Una moqueta gastada cubre los
suelos de tierra. No hay armarios de cocina, pero los platos se apilan
por orden de tamaño sobre el banco de cocina. La ropa se apila
ordenadamente en varios cestos de ropa que utiliza como armario.
Su pequeño porche está decorado por macetas, colgantes y sobre el suelo.
En Maclovio Rojas, Labana lo ha logrado –sin su marido, un pescador
alcóholico que desapareció después de haber perdido todos sus empleos.
Como única proveedora de sus cinco hijos y dos nietos, Labana tardó más
de cuatro meses en ahorrar el dinero suficiente para las seis puertas de
garaje que se convirtieron en cuatro paredes y techo. Al lado, Labana
es dueña de otra casa de puertas de garaje que alquila por 30 dólares al mes
para aumentar sus ingresos de 200 dólares al mes como costurera.
“Haces lo mejor que puedes”, dijo ella. “Siempre hay algo que puedes
hacer para sobrevivir. Solo hace falta imaginación”.
El mercado de segunda mano está en auge
Los hombres de Maclovio Rojas son también emprendedores. Para incrementar sus ingresos de las maquiladoras, se emplean unos a otros para construir y pintar casas. Otros venden queso fresco, a caballo; algodón de azúcar, a pie; tamales o pan recién horneado desde coches equipados con altavoces. Y están los que hacen negocio vendiendo los desechos norteamericanos: pallets de almacén, madera contrachapada, neumáticos, cartón, bloques de hormigón, madera –y puertas de garaje. “Esto data de mitad de los años 60, esta idea de comprar cosas usadas y venderlas a la gente mexicana” dijo Josiah Heyman, un profesor asociado de antropología en la Universidad Tecnológica de Michigan, que estudia asuntos fronterizos. “Hubo gente que se llevaba electrodomésticos usados desde Estados Unidos, los reacondicionaban y vendían”, dijo él. “Quien sea que está recolectando puertas de garaje y vendiéndolas se ha dado cuenta de que son un buen recurso y presumiblemente uno barato.” Ignacio Rodríguez ciertamente lo ha hecho. El creciente mercado de materiales de construcción de segunda mano llamó su atención hace dos años. Padre de dos hijos, ha intentado prácticamente de todo para alimentar a su familia: recoger fresas en los campos de Oregon y Washington, reparar coches en el área de Los Angeles. Se trasladó de nuevo a México y abrió un negocio en la Colonia Terrazas del Valle, un asentamiento legal construido del otro lado de las colinas de Maclovio Rojas. ”Tuve la idea de comenzar a traer madera y entonces me di cuenta que había una gran demanda de puertas de garaje en Tijuana”, cuenta Rodríguez. “Data de unos 10 años o así, pero en los últimos años, se ha hecho muy popular. Por toda Tijuana, esta es la mejor manera y la más rápida de construir un casa”.
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Rodríguez compró un camión sin caja, empleó a sus dos cuñados como ayudantes y comenzó haciendo viajes semanales cruzando la frontera hasta los condados de Los Angeles y Orange buscando las anheladas puertas de garaje. En cada viaje recoge unas 26 puertas de Overhead Doors en Garden Grove, que vende por entre 18$ y 25$ cada una. Le quedan a Rodríguez unos 200$ de cada viaje después de pagar la gasolina, el impuesto fronterizo, el uso de una pluma en Overhead Doors y los sueldos de sus empleados. “Esto es una vida decente, suficiente para mantener a mi familia”, dijo Rodríguez, quien vive en una casa de dos pisos, hecha de puertas de garaje, que él mismo construyó. “Trabajo cuando quiero y soy mi propio jefe. Mi vida es mucho más fácil aquí”. Algunos contratistas americanos cobran entre 5$ y 10$ por puerta, pero muchos, contentos con evitarse el costo de llevarlos a un vertedero, las regalan. Durante años, Ed Wold, dueño de Heritage Doors en Huntington Beach, ha rechazado ofertas de vender sus puertas a empresarios mexicanos. En vez, Wold es fiel a un empresario de Tecate que recoge hasta 60 puertas cada semana gratis. “Durante años las tirábamos”, dijo Wold. “Él viene y se las lleva y nosotros no tenemos que hacer nada. Es un beneficio para mi también. Pero a mí me encanta la idea de que se los lleva a México y se usan para ayudar a la gente a construir sus hogares. Los mexicanos están haciendo muchas cosas con estas puertas”.
Los dueños de casas añaden detalles personales
El éxito de Maclovio Rojas ha inspirado a docenas de familias mexicanas a comprar parcelas baratas en las colinas desnudas al este del poblado y construir hogares de puertas de garaje. En las cercanas Lomas de Tlaltelolco, donde el gobierno mexicano aprueba el asentamiento, tres casas han sido construidas este año.
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Los hogares hechos de puertas de garaje, de hecho, se han hecho tan comunes en las afueras de Tijuana que los propietarios se están haciendo más creativos para distinguirlas de las de los vecinos. Pájaros pintados sobre paredes blancas de una casa le dan un aspecto pulido. Pintura naranja y amarilla hace visible una casa desde la autopista. Algunas casas son de dos pisos, y una en una colina alta con vistas a las montañas tiene dos techos inclinados que recuerdan dos campanarios. Esta casa es propiedad de Francisco Melgoza, un encargado de jardín de Samsung que junto con su mujer y cinco hijos construyeron la casa de sus sueños durante fines de semana. Melgoza ahorró durante un año para poder comprar 10 puertas de garaje y pasó muchas noches diseñando su estructura en la mesa de cocina. “Siguió dibujando sobre papel hasta que llegó a ésto”, dijo su mujer, Benita Piedra Hernández. “Dijo que nunca había visto una casa así y quería que fuera distinta. Y lo es. Y es nuestra”. //
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“El título era una escalofriante invocación del siglo próximo con su previsible crecimiento poblacional acelerado. Century 21 sembró una sospecha sobre los resultados del modelo de progreso modernista materializado en el Centro Cultural Tijuana mismo.”
Sally Yard

” La vivienda proletaria que Marcos Ramirez Erre erigió frente al Cecut, pregonaba la forma en que las instituciones de la cultura encubren una historia violenta con una careta civilizatoria en forma arquitectónica.”
Cuathemoc Medina





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Índice de imágenes según los autores de los proyectos:
1. Marcos Ramirez Erre.
2, 3 y 4. Ingrid Hernández.
5 a 13. Jota Izquierdo
14 y 15. Marcos Ramirez Erre.
16 a 20. Jota izquierdo


Escritos como este, y este me parece muy bueno, deben haber impactado a más de uno… del primer mundo. Para los demás, no es tan sorprendente. La situación de muchos en nuestros países es así de terrible. Pero de untiempo para acá no hago más que preguntarme de quién es la culpa, qué parte de esa culpa es nuestra. Porque si en algo somos buenos es en buscar culpables en otro lugar. Y los gobiernos de extrema izquierda, antimperialistas por esencia, no han hecho gran cosa tampoco (Cuba, Venezuela, Nicaragua, etc.) ¿No será tiempo de dejar de quejarnos?